Buscando mi nombre

Mois Veros

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Normandía

El barco se detuvo. No podíamos acercarnos más a la costa o nos descubrirían.
Llegó uno de los momentos más tensos. Bajar al agua con el fusil en la mano. Si el enemigo estaba ya apostado, estabamos perdidos. Si habíamos llegado antes, aun tendríamos alguna posibilidad.
Me tocó el turno de bajar. Lo hice como pude, procurando que no se mojara el fusil o quedaría indefenso en tierra. Ya en el agua, con los brazos en alto para procurar que el agua no entrara en contacto con mi arma, me sentí morir. Era demasiado bajito como para mantener la cabeza fuera del agua y tocar con el pie en el suelo. En mi cabeza se acrecentó un pensamiento: hoy vas a morir, ahogado o desarmado.
Veía a mis compañeros en una situación similar, pero mejor a la mía. Ellos eran más altos, y podían caminar sin sumergir la cabeza completamente. Yo tuve que recorrer un camino interminable con la cabeza dentro del agua y los brazos en alto, con las manos fuera del agua sosteniendo el arma, saliendo de vez en cuando a tomar aire. Mi supervivencia en la costa dependía de ello.
Llegamos a la costa y tuvimos un lapso de tiempo para organizarnos. Montamos barricadas y nos concienciamos para el combate. Muchos de nosotros caeríamos, pero no podíamos permitir que aquellos nazis vencieran.
Un disparo cruzó el aire. Sus tropas llegaban. Empezó el tiroteo.
Hombres de ambos bandos caían muertos, ensengrentados. Vi como Jean-François era alcanzado junto a mi. En sus ojos vi una chispa de esperanza, justo antes de caer y pasar a formar parte de nuestras bajas.
Yo seguía disparando, matando a aquellos alemanes que no merecían el nombre de su patría, tan solo el de asesinos.
Las bombas de la aviación cayeron sobre sus bases, así como los cañonazos de nuestros navíos.
Seguímos avanzando y les tomamos la zona. Tras una interminable batalla habíamos vencido.
Un panorama desolador aparecía ante nuestros ojos. Miles de hombres tendidos en el suelo, algunos heridos, otros muertos. Casi ninguno de aquellos asesinos había escapado de la muerte o de quedar malherido.
No pude evitar derramar unas lágrimas por Jean-François. Alcé los ojos al cielo y le dije: ahora también lucharé por ti, amigo.

Pueden quitarnos la vida, pero seguiremos luchando por nuestra libertad, por un futuro mejor para nuestros hijos, mientras nos quede un soplo de vida.

Mois

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