Buscando mi nombre

Mois Veros

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El Amor es el Camino

¿Qué mueve a un joven a aventurarse a realizar el Camino de Santiago en febrero? Supongo que, como todos los caminos, la búsqueda de respuestas. Carrera recién terminada, temas personales sin resolver, un abismo sin respuestas. Y una pregunta en el corazón: ¿Señor, qué quieres de mí?

Así fue como empecé mi viaje. Con optimismo. Con ganas de encontrar respuestas a mi vida y mis circunstancias. No se trataba de encontrar la respuesta al final del Camino, sino de ir descubriéndola poco a poco y dejando que Dios hablara y obrara en mí.

El silencio y la soledad te dan la oportunidad de conocerte a ti mismo en lo más profundo. Ese desierto, como los 40 días que ayunó Jesús, me permitió profundizar en lo más hondo de mí mismo y me ayudó a descubrir cosas que desconocía.

Aprendí que necesitamos de los demás. Era algo que ya sabía, pero tras andar en solitario la mayor parte del recorrido, redescubrí esa necesidad. La falta de interlocutor me obligó a hablar conmigo mismo y, ciertamente, hubo momentos en los que llegué a rozar un estado de locura. Cantar y rezar en voz alta se hicieron necesarios para acompañarme a mí mismo, para sentir una presencia, mi presencia.

También descubrí, gracias a Kentaro (un peregrino japonés con el que me comunicaba “chapurreando” inglés), el valor del acompañamiento silencioso. No hablábamos mucho, por el mencionado problema del lenguaje, pero nos acompañamos mutuamente en silencio y nos reconfortamos.

Descubrí que era más fuerte, física y mentalmente, de lo que yo creía. Fui capaz de soportar la nieve, la lluvia, el granizo, la ventisca… y todo con la mejor de mis sonrisas. Resultaba incómodo, pero había una extraña paz en toda aquella inclemencia atmosférica que me permitía continuar sin queja. Celebrar la salida del sol fue algo novedoso, que sólo había vivido en mi viaje de estudios a Irlanda, pero se convirtió en ritual cuando éste hacía acto de presencia. Y se convirtió en un motivo más por el que dar gracias.

Pero no todos mis descubrimientos fueron buenos. Bajé al “sótano del ser humano” para conocer lo peor de mí: mis miedos, mi rabia contenida, mi odio. Comprendí que, a pesar de mis esfuerzos por ser “bueno”, había una parte mala en mí, mucho más humana y escondida de lo que yo esperaba. Comprendí que “no soy tan bueno” y que no debo dejar de trabajarme (y dejar que Dios me trabaje, como Alfarero que es) en todo momento.

A lo largo del camino también surgieron las anécdotas, de lo más variopintas. Algunas de ellas fueron banales, pero otras tuvieron un guiño de Dios hacia mí. Por ejemplo, ver que el cielo azul delante de mí se movía a la misma velocidad que yo mientras sobre mí seguía lloviendo me hizo pensar en el curioso sentido del humor que, a veces, puede tener Dios. También hubo tiempo para las conversaciones con otros peregrinos, pues no todos eran extranjeros. Algunas de ellas fueron muy enriquecedoras, como la que me planteó Sergio, quién decidió contarme “La historia de mi vida” y que me sirvió para valorar mi futuro profesional.

Quizá uno de los días más intensos, pero no por ello más importante, fue la etapa de llegada a Santiago. Recuerdo que madrugué bastante y salí de noche para llegar cuanto antes a Santiago y, con suerte, a la misa de peregrinos. La etapa no era de las más largas que me había planteado, pero tras llegar a Monte do Gozo se alargó sobremanera (o al menos fue la sensación que me dio). Cruzar Santiago fue lo más intenso. Saber que estaba a punto de llegar, pero no ver el final del recorrido. Durante ese tiempo, que se me hizo eterno, pensé en todas las personas que me quieren y me las imaginé enviándome su aliento y palabras de ánimo. Sentí el apoyo de todo el mundo, empujando mis cansadas piernas a seguir andando. Me emocioné. Casi se me saltaron las lágrimas mientras continuaba caminando.

Y, finalmente, llegué. Recuerdo la sensación de llegar a la plaza del Obradoiro. Caminar hasta el centro. Dejar la mochila en el suelo. Caer de espaldas… y no poder parar de rezar y dar gracias. Lo había conseguido. Yo. Increíble.

Asistí a la misa de peregrinos y a otra en una capilla. Sentía a la vez cansancio y felicidad, aunque debo reconocer que me costó como nunca “levantarme y sentarme” durante el rito. Durante LOS ritos. Pero mereció la pena.

¿Valoración? Muy positiva. Encontré respuestas que no esperaba y, aunque algunas preguntas no me fueron contestadas, Dios habló y obró lo que Él quiso, a pesar de lo que en algunos momentos despotriqué. Es una experiencia diferente, y más teniendo en cuenta las fechas, que, a diferencia del verano, me permitieron vivir intensamente ese “desierto”.  Lo es. A todos los niveles.


No hay caminos para el amor. El Amor es el Camino.
Mois

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