“Este es Jesús, el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la mesa del Señor.”. Así dice el sacerdote antes de comulgar mientras levanta un trozo de la Sagrada Forma.

Cuando era pequeño e iba a misa con mi mejor amigo, siempre esperábamos ansiosos este momento para comentar: “qué pequeño” y nos reíamos mucho.

“Qué pequeño era ese Jesús, que tan sólo era un trozo de pan”… y qué acertados estábamos nosotros sin saberlo. Así de pequeño es como Jesús salva al mundo, haciéndose pequeño, siendo lo más pequeño.

Como dice Pablo en su carta a los Filipenses: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre. (Flp 2, 5-11)

Así, siendo el último, humillado, “vencido”, muerto es como Jesús salva al mundo. Porque los caminos de Dios no son nuestros caminos: En aquella ocasión Jesús declaró: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. (Mt 11, 25-26)

Mois