Me abrazaste temblando, sin querer soltarme. Yo te devolví el abrazo y noté cómo empezabas a llorar. Casi no pude contener mis lágrimas, pero reuní valor y te susurré al oído “te quiero”.
Entonces, sin decir nada, me agarraste con más fuerza. Terminamos de abrazarnos y debía irme. Te vi sonreir mientras llorabas.
Y entonces, de nuevo, estuve a punto de llorar.

Y no me había dado cuenta de que cuando el sol te da en la cara, los ojos se te vuelven verdes….

Mois