Allí estábamos todos en aquel extraño partido.
A un lado los hombres, valientes, fuertes, decididos.Frente a ellos los orcos, bestias despiadadas capaces de destrozar a cualquiera.

La fortuna dio el saque a los hombres. Una patada lejana envió el balón directamente a las grandes manos de un orco. La primera línea de hombres era placada por aquellas bestias mientras otros recorrían el campo golpeando a todo ser viviente entre rugidos. Los hombres no se amedrentaron, y aunque eran eran menos fuertes eran más ágiles y veloces.

Los orcos empezaron a controlar una importante zona del campo rival dejando bastante desprotegida su retaguardia. Mientras tanto los golpes se repetían: placajes, caídas… el árbitro no daba abasto. Hasta un encontronazo dejaba inconscientes a un jugador de cada equipo. Entre todo el revuelo, un pase corto dejó el balón en manos del mejor pasador orco. Levantó los ojos y vió a un compañero correr hacia la linea de gol. Con su habilidad, el tanto parecía inminente.

Pero en ese instante, el orco que corría resbaló y mientras el pasador quedaba atónito ante el suceso, un par de hombres le placaban, arrebatándole el balón que enseguida llegó a manos de su mejor lanzador. Un hombre se desmarcó por la banda. Tres orcos, todo lo que quedaba de la defensa, le cerraron el paso. El tiempo pasaba inexorable y cada vez quedaba menos para conseguir el tanto vencedor.
El lanzador arriesgó la jugada. El balón salió de sus manos con la fuerza y dirección precisa, pero sorprendentemente un orco interceptó el balón. Sin pensárselo dos veces, envió el balón hacia el fondo del campo mientras el que había resbalado anteriormente se dirigía a por él, atrapándolo, anotando el tanto y dando la victoria a los orcos en el último minuto.

Por suerte o por desgracia, hay veces en la vida que simplemente jugamos a un juego de niños.

Mois