Cada mañana, salía a la calle y me dirigía al garaje donde guardo la bici. Y allí, en su rincón, siempre estaba ella.
El primer día que la vi, me asustó. No es que me diera miedo, pero fue sorprendente que estuviera allí. ¿Por qué había aparecido allí? Anoche cuando guardé la bici no estaba, pensé. Pero la saludé, cogí la bici y me fui.
Y así hacía cada mañana al irme. Yo la saludaba y ella parecía que ni se inmutaba. Tan solo se movía un poco, como diciendo: sigo aquí. Tal vez fuera su particular manera de saludarme. Yo me lo tomaba con una sonrisa; en el fondo creo que sí me saludaba. Era algo entre ella y yo, y el mundo permanecía al margen. Muchos me hubieran criticado, pero a mi me caia bien.
Todo terminó una mañana lluviosa. Llegué con una sonrisa a saludarla y ya no estaba. No quedaba ni rastro de ella.
Tal vez alguien la apartó porque molestaba, porque no era bueno que nadie la viera, o tal vez muriera de frío… quien sabe, con un poco de suerte se fue a buscar otro rincón donde descansar tranquila y calentita.
El caso es que no volveré a verla nunca más, pero… eh? fue genial el tiempo ke pasamos juntos.
Y tal vez fuera ella la que me hacía sonreir cada mañana…

Mois