Jue 21 Dic 2006
El móvil sonó con fuerza en la oscuridad de la habitación. Entré a tientas y descolgué:
-¿Quién?- pregunté.
Ella.
Apenas unas palabras. “Necesito hablar contigo. Te quiero”.
Aparecí en aquella calle, esperándola.
Llegó y sin dudarlo me abrazó. Acababa de dejarse en casa a su familia. Padres y hermanos “abandonados” por estar allí.
Pero de repente su abrazo cesó. Habló. “No puedo seguir con esto, no soy capaz”.
Se fue.
Me quedé con la mirada perdida, observando el infinito. Ante mis ojos la oscuridad.
Desangelado, abatido, mi corazón latía por pura inercia. Se marchaba y se llevaba con ella atrapado mi sentimiento.
De pronto, un destello me hizo alzar los ojos. Sobre mi comenzó a brillar la luz verde esperanza de una farmacia.

