Buscando mi nombre

Mois Veros

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Somos de colores

I’m Black man…
when I was born I’m black;
when I was baby I’m black;
when I’m under the sun I’m still black;
when I’m cold I’m black;
when I feel sick I’m black;
when I’m hurt I’m black;
and when I’m dead I still black.

In the other hand, you’re white guy…
when you were born you’re white;
when you’re baby you’re pink;
when you’re under the sun you’re red;
when you’re cold you’re blue;
when you feel sick you’re yellow;
when you’re hurt you’re purple;
and when you’re dead you’re grey.

So… Who is the COLOURED? why you still call me coloured guy?
Ha.

Yo soy un hombre negro…
cuando nací era negro;
cuando era un bebé era negro;
cuando estoy bajo el sol sigo siendo negro;
cuando tengo frío soy negro;
cuando me siento enfermo soy negro;
cuando estoy herido soy negro;
y cuando muera seguiré siendo negro.

Por otro lado, tú eres blanco…
cuando naciste eras blanco;
cuando eras un bebé eras rosa;
cuando estás bajo el sol te pones rojo;
cuando tienes frío te pones azul;
cuando te sientes enfermo estás amarillo;
cuando estás herido estás morado;
y cuando mueras te volverás gris.

Entonces… ¿a quién llamas hombre de color?
Ja.

Mois

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Curioso elemento el tiempo

No tengo tiempo…

¡pues me lo invento!

Mois

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Amor de Tetuán

La historia que se relata a continuación es real. Tan real como el amor que hay entre ellos.

Emilio nació en Tetuan, donde su padre ejercía la profesión de médico, en 1931. Conchita en Ketama, en el 1933. Sus padres regentaban un hotel-parador, donde se hospedaba el Dr Maté, cuando viajaba por la zona.

Del ojo clínico y profesional del Dr Maté, habla por sí sola la siguiente anécdota. Cochita, sentía dolor en la mandíbula y acudió a un odontólogo, pero no tenía nada en las muelas. Acudió al otorrino y se descartó un proceso de oído. Pero como le seguía doliendo, quiso que la visistara el Dr. Maté en Tetuán, y se desplazó hasta allí. Conforme llegaba ella a la casa, a su vez lo hacía D. Emilio Maté, que a la sazón llevaba un pollo en cada mano, regalo de un paciente, y que al ver a la niña, aún de lejos le dijo: “Conchita, ¿donde vas con paperas?” …y así quedó hecho el diagnóstico.

Conchita y Emilio, empezaron a salir, cuando tenían 17 y 20 años. Era el año 1948. Se escribían cartas, donde se contaban proyectos, ilusiones…
Un día Emilio decidió estudiar medicina y para ello se desplazó a Granada. Desde allí, y llevando vida universitaria, seguía escribiendo a Conchita.
Pero Emilio salía con chicas, a las que daba su foto del ejercito (estaba muy guapo), y que era la misma que Conchita poseía.

La carrera de Emilio en la península, terminada en 1956, y la Independencia de lo que había sido Protectorado de España separaron a nuestros protagonistas. Emilio se fué a Santander a hacer su especialidad entre 1957 y 1958.
Decidió casarse Emilio, y no sólo se lo comunicó a Conchita, sino que además le hizo invitación de boda. A Conchita se le cayó el mundo encima. Cayó en una profunda depresión. No encontraba motivos para levantarse con el día, y para colmo….¡las antiestéticas secuelas de la poliomielitis!. Se decía: “¿Ahora quién me va a querer a mí?”.
Se casó Emilio… y se casó Conchita. Pues claro, también ella se casó.

Un día de 1965 le dijeron a Emilio: “¿Sabes que Conchita ha tenido un niño? El parto ha sido complicado, por la estructura ósea de Conchita, y el niño lo ha superado… pero Conchita no.”
Emilio creyó desesperarse. Echó a correr hacia la playa y cuando paró rompió a llorar. Durante mucho rato y de forma desconsolada. “Conchita está muerta” se decía. ¡Cuánto la quería!.

Emilio sabía que, muy posiblemente, no iba a tener descendencia y ocurrió un día que durante la homilía de la Eucaristía en que el celebrante comentaba el Evangelio, “El que acoge a uno de estos pequeños a Mí me acoge”, las palabras parecían dichas pas Emilio y su esposa. Esa misma tarde decidieron ir al día siguiente a Granada. Se personaron en el Hospicio de Granada y comunicaron su decisión de querer adoptar un niño. La monja les preguntó: “¿Han traído los papeles de la diputación ?”-“Pues no… ¿Qué papeles ?”.

Emilio se acercó a la fila de cunitas, donde estaban los bebés, y los fué mirando uno por uno. Alguno lloraba, otros dormían. Y llegando al último de la hilera, el niño le miró con unos ojazos y le extendió las manitas y… y… Emilio con voz alta le dijo a la monja: “Usted dirá de papeles y de Diputación pero yo le digo desde aquí y ahora que este niño es mi hijo”. Así que la monja y el director del hospicio se encargaron de hacer las llamadas pertinentes a los distintos estamentos. Y mientras les observaba Emilio por los cristales aprovechaba para coger al niño y hacerle cucamonas.

La mujer de Emilio padecía diabetes, muy severa y descompensada. Tanto que quedó ciega, paralítica, le faltaba sangre en los tejidos con muerte de los mismos… y hubo de sufrir las precisas mutilaciones. Así vivió lo seis últimos años de su vida. Emilio padeció de muy cerca la enfermedad de su mujer.
Una vez producido el óbito, Emilio sufrió una depresión grave, de las que no permiten ni enterarse de lo que se les dice, llamada “Gran depresión”. Y visto que no era dueño de llevar el control de las tareas propias del laboratorio en el que trabajaba, hubo de ser dado de baja. Durante cuatro años estuvo dado de baja. Pero al reincorporarse, quiso compensar de alguna manera su ausencia, y no se jubiló hasta los setenta años.

De todas maneras, Emilio, no levantaba cabeza. No la levantaba ni físicamente. Iba por la calle mirando al suelo. Las vecinas le decían que se buscara una Residencia, que pensara en hacerse amigos, que sólo como estaba no podía vivir, que buscara novia… y que pensara en casarse de nuevo.
Pero él, ante ésto último, dijo: “No, eso jamás. Jamás me volveré a casar. Eso sólo ocurriría si volviera a ver en este mundo a Conchita”. Y sacó del bolsillo de la chaqueta la foto de la “difunta Conchita”.
Esa foto había estado siempre muy cerca de él. La había ido guadando por los libros durante su vida matrimonial y ahora la llevaba en la chaqueta… muy cerca del corazón.

Un día estando en casa de una vecina, alguien pidió una bebida determinada. Emilio tenía en su casa esa bebida y con velocidad fué a su casa a buscarla. Entonces sonó el teléfono…
– ¿Emilio Maté ?
– Sí, dígame.
– Soy Conchita.
Emilio pensó: “las vecinas me están tomando el pelo”. Se hizo el fuerte y a su vez preguntó:
– ¿Te ha llamado alguien alguna vez “chinchi”?
– No nadie, salvo tú…
Y así, con la taquicardia propia de pensar que se había producido un milagro, que Conchita, a la que creía muerta, estaba viva y hablaba con él, se entabló el diálogo.
– ¿Qué haces Conchita?
– Estoy preparando las cosa para irme a una residencia. Se llama “Casa Emilio Sala”.
– Ah no, a casa de Emilio Sala no… tú irás a casa de Emilio Maté.
Ésto ocurría en el 1999….

Sí. Emilio llevaba ahora la foto en el bolsillo y Conchita la había tenido toda la vida escondida en el costurero. Ahora estamos hablando del día 11 Agosto de 1999. Día del eclipse solar. Paradojas de la vida, el día que se eclipsa el sol (astro solar) para todo el mundo vé Emilio el cielo abierto.
– Conchita, cómo has dado conmigo?
– Estaba esperando a una conocida, cuando sentí como una “corazonada” que me decía: “Busca a Emilio”. Primero en Granada, que fué donde estudió, y si no das con él busca en Madrid, y si no en Segovia… así por toda España.
Llamé a Granada preguntando por tu nombre e inmediatamente me dijeron: “Tome nota” …y llamé y era la casa de Emilio Maté tu hijo…

*Nota de la transcriptora: Ha de tener presente el lector que el hijo de Emilio, como fué adoptado, ya estaba bautizado y su nombre de pila era Vicente. Entonces, sus padres que querían que se llamara Emilio sólo pudieron añadirselo de segundo nombre, de tal modo que el hijo de Emilio, como mucho, habría de figurar en el listín teléfónico como Vicente E. Maté.*

Sólo había de durar unos días más en el listín de Granada ese teléfono, puesto que se había de separar Vicente E. de su mujer y se había de retirar el teléfono. Todo esto lo refiero para que se vea la mano de Dios en esta historia de amor, para que se aprecie claramente que aquél que se deja conducir por Él sabe de Quién se fía.

Los amigos trataron de que se encontraran personalmente, y así hubo de desplazarse Emilio hasta el pueblo de Conchita, que a la sazón era concejal de asuntos sociales y sanidad en un pueblo de Alicante. Y llegó el bueno/enamorado de Emilio con más de doce horas de adelanto. ¡Eso es estar locamente enamorado!. Dispusieron a su vez las amigas de Conchita hacer un simulacro de acto oficial y en él, en determinado momento, ella oyó una voz conocida. Preguntaba por donde ir a determinado sitio, porque se había perdido, pero a ella no la engañó. Sólo con oír su voz, se puso a gritar. Ninguno de los dos recuerda quién se declaró primero pero concuerdan en que fué de común y simultaneo acuerdo.

Y el día 6 de Septiembre del 2002 sonaban las campanas de boda. La Iglesia de San Isidro labrador de Los Belones recibía una nueva promesa de amor ante Nuestro Señor: “Te amo y te amaré todos los días de mi vida”.
Y la que suscribe da fé de que se quieren. Se quieren de forma ejemplar. Con locura.
– ¿Qué guapa es Conchita, verdad Tarsi?

Transcrito originalmente por Tarsi.

Este es un homenaje al amor verdadero. Ese que no se ve en las películas, pero que es vivido por verdaderos héroes.

Mois

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Atraco non sono

Caminaba acelerado, llegaba tarde.
Me quedaban apenas un par de calles para llegar, cuando se me acercó aquel chaval. Me rodeó el cuello con el brazo y me dijo: “¡Hola amigo!” y yo pensé: “¡Mierda, me están atracando!”.
No sé que puede pretender un atracador llamándome amigo, ¿tal vez cree que soy tonto o que me va a doler menos el atraco si lo hace “de buen rollo”?

Yo continué, con mi acelerado paso, diciendo: “Perdona, llego tarde”. Esto pareció molestarle, ya que desapareció su actitud “amistosa” y dijo: “Ve más despacio”.
Yo insistí: “Es que llego tarde”, tratando de ignorar que me estaba atracando. Esto acabó con su paciencia y levantó la voz ordenandome: “Párate”. Ignoré su órden y seguí con la misma velocidad.

Entonces noté algo frío en la espalda y un escalofrío me recorrió de arriba a abajo. “He dicho que pares”, insistió. Comencé a caminar más lento sin llegar a detenerme, unos cuantos pasos, suficientes para llegar a la calle en la que había quedado.

“El cielo se abrió y vi una luz”. Allí estaban esperándome, así que levanté el brazo y grité: “¡Hey!”.
El chaval me soltó y huyo corriendo en dirección contraria. Yo me sentí aliviado.
Por suerte, todo había quedado en una anécdota, de esas que suelen contarse como batallitas las noches que te quedas hasta las tres de la madrugada hablando con amigos frente a la chimenea.

Mois

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Ceniza

Convertíos

y creed en el Evangelio.

Mois

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Te seguiré queriendo

Gracias, Padre, por quererme tanto.

Mois

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Y no volvió

Aquí me tienes.
A ratos encendido, a veces feliz.
Aquí te espero.
A ratos generoso, a veces audaz.
Al plomo de la realidad.
Mendigo de amor hoy seré.
Te espero junto a la farola.
Palmeo por rumbas a James Brown.
Si puedes mejor ven sola.
Si me quieres pérfido soy santo.
Si angelical me quieres,
la rama podrida del árbol.

Volveré.
Volveré cuando el gallo no coma.
Volveré.
Volveré cuando el gallo no quiera comer.

Léeme a Polibio en el andén
y así esperamos que llegue tu tren
que tanto tarda.
Mejor leemos a Platón.
No calla. Léeme el Lecturas
que tanto nos gusta.
Un paralítico tren va silbando
sobre la vía trazada con tiralíneas.
Al Basiti, la llanura.
Un mundo plano como punta del alfiler.
El viento vuela tu falda.
Nos salva el altavoz del andén.
Y ahora gírate y anda
hacia el tren que nos separará.
Se aleja tu mirada detrás de la ventana.

Volveré.
Volveré cuando el gallo no coma.
Volveré.
Volveré cuando el gallo no quiera comer.
Llegaré.
Llegaré con un saco cargado de agujas.
Llegaré.
Llegaré caminando sobre un alfiler.

Y tras el cristal se alejó… y no volví a ver aquella mirada.

Mois

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Demostraciones

El hombre llegó a las 5 de la mañana a su casa completamente borracho y sin apenas conciencia de lo que le estaba sucediendo. Al entrar, la perdió por completo.
Al día siguiente despertó en su cama, con el pijama puesto, y junto a su cama encontró un delicioso desayuno.
Su hijo se acercó al borde de la cama y le dijo:
– Papá, dice mamá que esta noche te preparará tu cena favorita.
El hombre, entre sorprendido y asustado, le preguntó qué había sucedido la noche anterior, pues su mujer siempre reaccionaba de mala manera cuando él volvía borracho. El hijo respondió:
– Cuando llegaste y mamá te vió borracho se enfadó mucho. Pero estabas medio inconsciente, así que tuvimos que llevarte entre los dos a la habitación. Y cuando te empezamos a desvestir para ponerte el pijama sólo acertaste a decir: ¡Quietas… que soy un hombre casado!

Imperfectos, pero llamados al amor.

Mois

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Amor con fecha de caducidad

Maldito aquel que sólo ame el día preestablecido.

Un amor de “cumplir” está abocado al fracaso.

Mois

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Señor, haz de mí

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la armonía.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde hay desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría.

Oh Señor, que no me empeñe tanto
en ser consolado, como en consolar,
en ser comprendido, como en comprender,
en ser amado, como en amar.

Porque dándose es como se recibe,
olvidándose de sí mismo es como uno se encuentra a sí mismo,
perdonando se es perdonado,
muriendo es como se resucita a la vida eterna.

Mois

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