Buscando mi nombre

Mois Veros

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Visita al pasado para mirar diferente el futuro

Este fin de semana he vuelto a tener 15 años.
Encontré mi agenda del colegio y releí esas dedicatorias que ya conocía de tantas veces. Las poesías ”chorra”, los dibujos, los ”tqm’s”… todo evocaba esa adolescencia ya pasada llena de incertidumbres, pero a la vez llena de oportunidades. Ese fin de curso, ese primer ”adios” a algunos amigos… descubrí una nota de mi puño y letra que rezaba: ”odio crecer”. Tal vez sentía más profundamente ese complejo de Peter Pan que simpre he tenido. Reflejaba mis inseguridades y mis temores: lo más oscuro de mi corazón en aquel momento.

Por si esto no fuera suficiente para finalizar mi viaje en el tiempo, una sintonía me trajo más recuerdos: ”La playa” de La oreja de Van Gogh.
Esta vez era el primer amor el que venía a mi memoria.
Esos abrazos de quinceañero enamorado, esos primeros besos ”de amor” tan idealizados, esos sentimientos tan a flor de piel…. y por supuesto, el desvanecimiento del sueño, el desengaño, el dolor y el sufrimiento angustiado de adolescente. Tantas lágrimas derramadas y sentimientos de culpa invadiendome.
De repente, acabó la canción y explotó la burbuja. Volví a tener consciencia de mi mismo y me alegré de ser yo de nuevo, con los años ya pasados desde entonces.

La verdad es que me alegro de haber crecido y madurado durante estos años, me alegro de toda la gente a la que he conocido desde entonces y de todo lo vivido. Me alegro de lo bueno y de lo malo, de lo disfrutado y de lo sufrido.
Mirar hacia atrás es una buena forma de recordar lo vivido, pero no se puede vivir constantemente anclado a un pasado que, por suerte, no volverá. Porque ahora todo es mejor, porque me siento feliz, porque soy capaz de disfrutar mirando hacia adelante, con mis responsabilidades.

”No temais” dice el Señor. En ello estoy. En vencer mis miedos cotidianos al futuro, a mirarlo con ilusión y no con temor, a descubrir en el todo lo que puedo llegar a ser, todo lo que la vida está dispuesta a ofrecerme. Porque lo mejor está por llegar…

Mois

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Linda

Me dirigía a clase en bici. ”En qué mal estado está este carril-bici”, pensé.
Llegué al semáforo, que estaba en verde, pero me toco frenar en seco. Un coche no se había percatado de que mi verde tenía prioridad sobre su ámbar intermitente. Tras una mirada furtiva de enfado y desprecio, que le contesté cortésmente con un suspiro, continué mi camino, por el encharcado tramo de carril que quedaba. Aparqué la bici y la até. ”Han desaparecido unas cuantas en los últimos días, así que será bueno que la amarre bien”, me dije.

Entré en el edificio y recorrí el pasillo hasta las grande escaleras de la facultad. Las subí de dos en dos, como acostumbraba a hacer y llegué al primer piso. Entré en la clase y dejé la mochila. Aun quedaba un rato para que empezara la clase, así que decidí salir al pasillo a hablar con alguien. Miré perdidamente a mi alrededor hasta que mi mirada se cruzó con la suya.

Era una mirada triste, escondida tras unos gruesos cristales. Sus ojos eran del color del cielo, pero ese día estaban nublados.
”¿Cómo estás?”, pregunté. ”Bien”, mintió.
No la creí. Se notaba que trataba de esconderse tras sus gafas, pero sus ojos, encerrados tras ellas, clamaban libertad.
”¿Te apetece que quedemos luego para tomar un café?”. Me contestó un tímido ”Por qué no”.

Tras las clases fuimos a tomar café. La notaba triste, perdida. Se escondía tras ese café, ya tibio después de tanto rato mirándolo. Se hundía en él.
”¿Qué te pasa?”, acerté a decir. ”Nada”, musitó.
Me levanté y me acerqué hasta estar a un palmo de su cara. Le quité las gafas y vi en sus ojos una sonrisa de gratitud. Al fin su mirada volaba libre, capaz de apresar la mía. La abracé y le di un beso en la mejilla. Ella respondió girando la cara, haciendo que nuestros labios se encontraran.
Entonces se levantó, me dijo ”lo siento” y se fue.
Volví a la facultad, desaté mi bici y me encaminé hacia casa. ”En qué mal estado está este carril-bici”, pensé.

Mois

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El campeón, puño invencible

Camino lento y decidido hacia mi destino. Las luces me ciegan y una lluvia de ”flashes” me quema la vista. Una desconocida me acompaña. El público corea mi nombre, admira mi porte. Soy el rey y mi corona lo certifica. No le temo a nada, soy imbatible.
Me acerco lentamente, luciendo mi gloria. Hoy definitivamente alcanzaré lo más alto, hoy volveré a ser coronado.

Frente a mi, mi rival, mi enemigo. Un gesto torcido, intimidatorio, dibuja su cara. Sus ojos mienten. Su mirada es fría, desea odiarme; pero en su interior siente miedo: está asustado. Desea acabar cuanto antes con esta tortura sin apenas importarle quién bese la lona.

Suena la campana. Los gritos ensordecedores nos animan a despedazarnos. Él caerá y yo saldré victorioso. Mi primer golpe le destroza. Acaba de morder mi puño y no será la última vez. Mi guante le quema en el rostro en cada golpe y no consigue evitarlo. Ahora es su estómago el que pide clemencia, acaba de recibir un regalo en forma de guante.
Definitivamente este golpe acabará con él. Voy a dejarle un recuerdo en forma de marca en el rostro que le recordará que no pudo vencerme, que trató de enfrentarse a un dios.

Mi guante golpea contra algo que no es su cara. Ha conseguido detener mi golpe con su puño. De repente en su mirada un brillo diferente aparece, es la esperanza de vencerme. Un escalofrío recorre mi espalda, siento que algo va mal. Por primera vez siento el dolor de sus puños… y un dolor aun peor: por primera vez temo poder caer derrotado.
Esta vez soy yo quien se sangra y ni tan siquiera lo he visto. Uno tras otro se suceden sus golpes sin que pueda hacer nada por evitarlo. Me golpean el rostro y se hunden en mi estomago… siento frío y dolor.
Trato de abrazarme a él. No encuentro otra manera de conseguir que cese este tormento, pero él consigue zafarse y arremete contra mi, y golpe tras golpe consigue arrinconarme. Su lluvia de golpes me va dejando sin sentido y mi último golpe ahora es sólo un recuerdo lejano.

Cada vez oigo más huecos los gritos a mi alrededor. Como un eco macabro y aterrador no dejan de repetir: mátalo, mátalo. Se refieren a mi, ¡a mi!, a quien tanto amaban hace apenas unos instantes. Y yo, sin fuerzas, estoy a punto de caer a manos de mi verdugo.

Veo de nuevo su mirada. No refleja odio, sólo el deseo de acabar cuanto antes. Pero ahora es diferente. Se sabe vencedor y, en cierta manera, saborea el instante con infantil crueldad.

Puedo ver mis ojos a través de los suyos. Esa mirada que recuerdo en otros es ahora la mía. Estoy a punto de desvanecerme vencido.
Un atisbo de misericordia se dibuja en sus ojos. No sabe si detenerse aquí o destrozarme con un último golpe que acabe con mi suplicio.
Decide concederme la gracia del golpe que acabará conmigo. No se lo repruebo, en tantas ocasiones yo hice lo mismo…
Es el golpe más doloroso, porque golpea mi orgullo.
Noto como se cierne sobre mi un cansancio inevitable. La fatiga y mi ausencia me hacen perder el equilibrio. Mi cuerpo se desvanece y cae. Finalmente he besado la lona. Tiene un sabor amargo: sabe a derrota, sabe a impotencia, sabe a desesperación.
Mis ojos se rinden y empiezan a apagarse las voces que pedían mi desgarro… hasta el punto de ser incapaz de oir nada. Lo ha conseguido: me ha vencido.

Mientras mi cuerpo es retirado por los servicios de asistencia, se pavonea de su victoria con orgullo. Ha batido al invencible, ha derribado al dios. Me ha robado la corona y me ha destronado. Ahora es él a quien coronan rey. El público clama su nombre, la euforia invade su cuerpo. El mío continua inmóvil… sobreviviré, pero mi orgullo acaba de ser hecho pedazos. Es mi fin. Sin embargo, él lo ha logrado. Es el nuevo campeón.

… Larga vida al rey.

Mois

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