Buscando mi nombre

Mois Veros

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¿Quién manda más?

Queridos amigos:

Hoy les comentaba en el cole a unos chavales que el Papa acababa de nombrar Cardenal a nuestro paisano -de Utiel- el Arzobispo Primado de Toledo, Mons. Antonio Cañizares, cuando uno de ellos ha saltado como un resorte: –¿y ahora ”mandará” más? mientras otro me preguntaba casi a la vez si Cardenal era más que Arzobispo y un tercero se interesaba por lo que ha de hacer un cura para ”subir” a Obispo y luego a Arzobispo y luego a Cardenal… y luego a Papa.

He pasado el interrogatorio como he podido… saliéndome por la tangente. Pero me he quedado mal: si esa es la sensación que damos los ”ministros ordenados” -subir, ser ”más” y mandar- habrá que empezar a explicar todo desde el principio y, sobre todo, habrá que hacerlo de manera que resulte más creíble (porque cuando les decía que todos los cristianos somos iguales a los ojos de Dios… me miraban con cierto escepticismo, como si me estuviera quedando con ellos…

Pero es así, aunque -¡y ya es pena!- no lo parezca. A pesar de todo, no es novedosa en absoluto la desconfianza de mis chicos. La madre de Santiago y Juan -según Mateo (20,21)- o ellos mismos -según Marcos (10,37)- ya le pidió -o le pidieron- a Jesús ”los primeros puestos” en el Reino; también Lucas dice (9,46)que una vez comenzaron a discutir entre ellos -los apóstoles- sobre cuál de ellos sería el mayor. Entonces Jesús, adivinando lo que pensaban, tomó a un niño, lo puso a su lado y les dijo: –El que recibe a este niño en mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe a Aquél que me ha enviado; porque el más pequeño de entre vosotros, ése es el mayor (Lc 9,47-48). Pero ni la madre de los hijos del Trueno -ni ellos mismos- eran los únicos ”trepas”; el propio Marcos (10,41) más bien sugiere que todos iban a lo mismo cuando añade: los otros diez al oír aquello se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús no les salió por peteneras -como he hecho yo esta mañana- y aprovechó la ocasión para instruir con toda paciencia a sus discípulos sobre cómo entendía Él la autoridad y cómo deberían entenderla también ellos; así pues: reuniéndoles les dijo: –sabéis que los jefes de las naciones se portan como dueños de ellas y que los poderosos las oprimen. No será así entre vosotros; al contrario, el que quiera subir, sea servidor vuestro, y el que quiera ser primero, sea esclavo vuestro; igual que el Hijo del Hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos (Mt 20,25-28).

Imagino en muchos de vosotros la misma expresión de recelo que me pusieron hoy los chavales (la misma que seguramente vería Jesús en la cara de sus apóstoles), porque nos cuesta creer que la autoridad se ejerza en la Iglesia de distinto modo a como se desempeña en otras esferas de la vida pública. En primer lugar -y no es excusa- hay que puntualizar que una cosa es lo que es y otra lo que debe ser y que, por muy mal que hagamos las cosas, esto no contradice que podrían y deberían ser de otra manera: no será así entre vosotros, o sea, que podrían y deberían hacerse bien. Es decir, que aunque todos los ministros de la Iglesia procediéramos como los jefes de las naciones, no por eso quedaría invalidado el pensamiento y las palabras de Jesús en cuanto al ejercicio de la autoridad en su Iglesia. En segundo lugar también debo precisar que tantos años de régimen de cristiandad siguen pesando sobre nosotros -ministros y fieles- de modo que muchos seguimos entendiendo la autoridad y el poder igual que los jefes de las naciones y los grandes…

El Vaticano II (sobre todo en Lumen Gentium) recuperó las imágenes bíblicas de redil, campo o labranza de Dios, edificio de Dios, Templo santo, Jerusalén de arriba, cuerpo de Cristo, familia de Dios… y las aplicó a la Iglesia a la que definió como ”Pueblo de Dios” que, con sus pastores, camina alegre en la esperanza y firme en la fe. A partir de esta declaración y de estas figuras de la Iglesia, podemos entender cuál es el lugar que en ella tiene el carisma de la autoridad. Así pues valdría preguntarnos ¿quién manda en la majada del buen pastor sino la necesidad que las ovejas tienen de que se les conduzca a verdes praderas? ¿Quién manda en un matrimonio? ¿Quién manda en una familia? ¿no es el más ”chiquitín” el centro de toda ella? ¿Quién manda en casa del hijo pródigo? ¿acaso el padre, que ni puede ni quiere impedir la marcha del hijo menor y que reza y suspira por su regreso? ¿A que no pueden plantearse las cosas así? Porque no es eso… ni puede ser.

¿Quién manda en una Parroquia? Estoy seguro de que servir me hace más libre que mandar, por eso ni quiero ser mandón… ni que otros se hagan aquí los mandamases sin tener por qué. Aquí también, el que quiera ser el mayor, que se ponga la bata de servir.

Cordialmente:

Jovi

Carta de la semana: PARRÒQUIA DE L´ASSUMPCIÓ DE LA MARE DE DÉU, ALBORAYA

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Esa palabra llamada COMPARTIR

Hay palabras mágicas que suscitan en los jóvenes todo un mundo de ensueños, ilusiones y esperanzas. Palabras que te levantan de la vida rastrera de cada día y te hacen ser, por un momento, un verdadero hombre, una verdadera mujer. Palabras seductoras que nos impulsan a una vida fecunda y apasionante.

Una de esas palabras es… COMPARTIR. Esta palabra resume lo mejor de nuestra vida y de la Humanidad.

Tú y yo vivimos hoy porque un hombre y una mujer decidieron compartir su vida. Tú y yo somos el resultado de un amor que decidió compartirlo todo. Tú y yo se lo debemos todo al verbo compartir: no sólo el cuerpo y la vida, también la inteligencia, la voluntad y la libertad.

La verdadera vida consiste en compartir. Compartimos con los amigos, con los vecinos, con los de cerca y con los de lejos, con todos los seres humanos. La vocación de compartir no se agota ni en la familia ni en los amigos.

La Humanidad entera está llamada a compartir, lo desea y lo necesita.

El mundo sería una fiesta si los seres humanos nos decidiéramos a compartir. Habría pan para todas las bocas y luz en todos los corazones. Habría, para todos, trabajo, vivienda, sanidad, paz, justicia, cultura, descanso.

Jesús ha sido el ser humano más pleno porque sólo conjugaba el verbo compartir. No conocía el verbo poseer. Compartió sus cosas y su tiempo, su corazón y sus manos, sus ojos, sus ideas, sus esperanzas… Compartió su sangre, ¡su vida!

Por eso la vida cristiana consiste en compartir. Compartir es el comienzo y el final; la salida y la meta; la raíz y la flor; la semilla y el fruto. La fe, la esperanza y el amor no se realizan a solas, sino que se comparten. Quien no ha aprendido a compartir no puede confirmar su fe. He aquí el reto que tienes por delante.

Si quieres ser una mujer hecha y derecha, si quieres ser un hombre bien construido, si quieres ser más, valer más, hacer más bien, procura digerir esa palabra mágica llamada COMPARTIR.

¡Acepta el reto!

Escrito originalmente por Florentino Ulibarri

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Amiga desconocida

Cada mañana, salía a la calle y me dirigía al garaje donde guardo la bici. Y allí, en su rincón, siempre estaba ella.
El primer día que la vi, me asustó. No es que me diera miedo, pero fue sorprendente que estuviera allí. ¿Por qué había aparecido allí? Anoche cuando guardé la bici no estaba, pensé. Pero la saludé, cogí la bici y me fui.
Y así hacía cada mañana al irme. Yo la saludaba y ella parecía que ni se inmutaba. Tan solo se movía un poco, como diciendo: sigo aquí. Tal vez fuera su particular manera de saludarme. Yo me lo tomaba con una sonrisa; en el fondo creo que sí me saludaba. Era algo entre ella y yo, y el mundo permanecía al margen. Muchos me hubieran criticado, pero a mi me caia bien.
Todo terminó una mañana lluviosa. Llegué con una sonrisa a saludarla y ya no estaba. No quedaba ni rastro de ella.
Tal vez alguien la apartó porque molestaba, porque no era bueno que nadie la viera, o tal vez muriera de frío… quien sabe, con un poco de suerte se fue a buscar otro rincón donde descansar tranquila y calentita.
El caso es que no volveré a verla nunca más, pero… eh? fue genial el tiempo ke pasamos juntos.
Y tal vez fuera ella la que me hacía sonreir cada mañana…

Mois

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